
ARTÍCULO 8. Los Derechos Humanos después de 76 años de la Declaración Universal
A la finalización del siglo XX, muchos y muchas filósofas y autodenominados economistas decían que fue un período de avances para la humanidad. Si bien esto no se puede negar, existen matices: en gran parte del planeta que sufría el poscolonialismo, los avances fueron relativos, especialmente en países como Bolivia, donde se vivían los últimos momentos de la aplicación del modelo de economía neoliberal. Este modelo comenzó a implementarse durante los años 60, 70 y 80, muchas veces bajo la consigna de «salvemos a la nación». Sin embargo, dejó un legado de víctimas ante la debacle del Estado de bienestar, la aparición de los Estados reguladores del mercado, la eliminación de la sindicalización y del movimiento obrero, y el nacimiento de las denominadas generaciones sándwich. Estas no son otra cosa que millones de personas abandonadas a su suerte, sin ningún tipo de resguardo social ni derecho humano garantizado por el Estado.
No obstante, la impopularidad del modelo posibilitó la organización de la sociedad civil, y durante los años 90 surgieron muchas organizaciones de derechos humanos dedicadas a la defensa de los derechos económicos, sociales y culturales, como respuesta a la profunda ruina en términos de derechos humanos que dejaba el neoliberalismo.
Para muchos y muchas filósofas críticas (para no decir progresistas o de izquierda, como son denominados desde el neoconservadurismo), la aplicación del modelo neoliberal de economía de libre mercado no solo supuso una receta económica, sino también un proceso de destrucción del modelo de Estado de bienestar a través de la privatización y la desregulación de lo social. Este modelo, idealizado por los neoconservadores (y no tan nuevos), implicó además la devastación de una subjetividad social basada en la solidaridad y la lucha conjunta de los pueblos. Esa visión de la otredad como aliada se transformó en una lógica de convivencia ultracompetitiva y egoísta, en la que el otro pasó a ser visto como un enemigo, despojado incluso de derechos.
En este contexto, no solo se privatizaron los derechos y lo social; el principal fruto del neoliberalismo se consolidó de manera casi secreta, impulsado desde diversos espacios y plataformas. Este fenómeno se encarnó en una especie de «caballo de Troya», una bestia de tres cabezas que promovía un vaciamiento existencial bajo la consigna del «todo vale y todo se puede». Este leviatán, sin compasión, devoraba todo a su paso y rondaba por los espacios sociales y políticos, ahora disfrazado con una nueva esvástica que gritaba «libertad». Esa «libertad» reconfiguró las democracias hacia formas de gobernanza que priorizaban la lógica del mercado por encima de los valores democráticos y los derechos humanos, transfiriendo la responsabilidad de garantizar derechos a los ciudadanos individuales y debilitando las bases mismas de la democracia: la participación política, los derechos colectivos y la igualdad.
Este debilitamiento democrático abrió espacio para que el neoconservadurismo se levantara como un supuesto «Leviatán salvador», prometiendo orden y estabilidad. En este escenario, los sectores sociales y políticos, seducidos por esa posibilidad de «libertad», aceptaron políticas autoritarias que, justificadas en la estabilidad, suprimieron derechos humanos fundamentales.
Como señala Wendy Brown, los neoconservadurismos utilizan discursos neoliberales de mérito individual y auto-responsabilidad para deslegitimar las luchas por derechos colectivos (feminismo, igualdad racial, derechos LGBTQ+), acusándolas de ser incompatibles con la estabilidad económica y cultural.
Hoy, a 76 años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, enfrentamos el avance de las fuerzas neoconservadoras en casi todos los ámbitos sociales, culturales y políticos. Los derechos humanos de las poblaciones en situación de vulnerabilidad, mujeres, jóvenes, y naciones y pueblos indígenas están en peligro profundo. Parece haber llegado el momento de la supremacía total del mercado y de la construcción de formas autoritarias de gobierno que se ejercen sobre los cuerpos y las vidas en nombre de la seguridad, la libertad y la «democracia de mercado».
En este contexto de miedo global (pandemia), indiferencia y representación de la otredad (migración) como el problema de la desigualdad social y la crisis económica, los medios de comunicación se han convertido en el principal mecanismo de poder y disciplinamiento social. Esto cuestiona los avances en derechos humanos y refuerza un neoconservadurismo que interioriza normas rígidas sobre género, sexualidad y ciudadanía, excluyendo a quienes no se ajustan a estos estándares.
Nos hallamos ante la amplificación de la debacle de los principios que rigen los derechos humanos, lo que requiere una convocatoria colectiva y reflexiva para reconstruir las redes de protección y cuidado conjunto. Solo así podremos restituir una democracia posmercado que devuelva la centralidad a lo humano, basada en la equidad y la igualdad, y permita la construcción de una sociedad más justa…